De la cultura declarada a la cultura operativa: lo que revela la evolución de Puntos Colombia0

Existe un supuesto: que una cultura con buenos indicadores es una cultura que no necesita revisarse. Conviene cuestionarlo, porque invierte la lógica. Una cultura sólida no está exenta de revisión; está, precisamente por su solidez, en una mejor posición para hacerla con rigor, sin esperar a que una crisis obligue a diagnosticarla.

El caso de Puntos Colombia, compartido recientemente en el webinar “Historias que Inspiran” permite ver esta lógica en acción.

A primera vista, esa decisión puede parecer poco intuitiva: si los indicadores muestran que la cultura funciona, ¿por qué revisarla? La respuesta no estaba en una alerta del Ambiente Laboral, sino en algo que ocurría fuera de él: el negocio había evolucionado y, con él, las capacidades, comportamientos y formas de trabajar que la organización necesitaba para responder al nuevo contexto.

Ese es el punto de partida que vale la pena sostener a lo largo de este análisis: la vigencia de una cultura no se determina únicamente por sus indicadores actuales. También depende de su capacidad para seguir respondiendo a lo que el negocio necesita.

Una misma exigencia, dos expresiones

Lo que el caso de Puntos Colombia expone, si se le sigue el hilo con cuidado, no son dos cambios independientes, sino dos respuestas a una misma exigencia. Nombrarla antes de mirar cada movimiento por separado permite entender por qué ambos forman parte de una misma evolución cultural.

La exigencia es esta: una cultura definida principalmente por comportamientos deseables (cómo actuar) puede resultar insuficiente cuando el negocio empieza a exigir criterios para decidir (cómo elegir cuando no existe una respuesta evidente).

Pasión, agilidad o colaboración pueden describir bien una forma de trabajar. Pero, por sí solos, no necesariamente orientan qué hacer cuando dos prioridades legítimas entran en tensión, cuando una decisión tiene implicaciones para distintos actores o cuando no hay tiempo para escalarla. 

Esa es una exigencia que aparece cuando la estrategia requiere visión de ecosistema, responsabilidad de punta a punta y mayor velocidad de ejecución: ya no basta con actuar de acuerdo con unos valores; es necesario tener criterios que permitan decidir con ellos.

Los dos movimientos del caso pueden leerse como una misma respuesta a esa exigencia, aplicada en dos capas distintas de la organización.

Primera expresión: los valores

Puntos Colombia desplaza su cultura de un eje predominantemente identitario —“una cultura innovadora, ágil y colaborativa”— hacia un eje más orientado a la toma de decisiones: “una cultura que conecta y crea valor con propósito”.

El cambio no está únicamente en el vocabulario. Cuando aparecen principios como “actuar con criterio y responsabilidad” o “adaptarse y evolucionar constantemente”, los valores empiezan a cumplir una función adicional: no solo describen cómo se espera que las personas trabajen, sino que ofrecen un marco para decidir cuando las respuestas no están predeterminadas.

Y esa distinción importa. En organizaciones que operan en contextos complejos, es posible mover las palancas estratégicas correctas y, aun así, perder de vista para qué se están moviendo. Los resultados pueden llegar, pero si las decisiones cotidianas no están conectadas con un propósito común, la ejecución puede volverse fragmentada: cada equipo avanza, pero no necesariamente en la misma dirección.

Segunda expresión: el liderazgo

Si los valores empiezan a cumplir una función de orientación para la toma de decisiones, el liderazgo también necesita ampliar su papel. Ya no se trata únicamente de inspirar, acompañar y cohesionar a un equipo desde la cercanía. El desafío es crear las condiciones para que las personas puedan tomar buenas decisiones incluso cuando el líder no está presente.

Ahí aparece un cambio importante en la concepción del liderazgo: pasar de ser quien concentra las respuestas a ser quien construye el criterio que permite encontrarlas.

El modelo de evolución de Puntos Colombia puede leerse precisamente desde ahí. La pregunta deja de ser únicamente cómo liderar mejor a un equipo y pasa a ser otra: ¿cómo construir una organización en la que más personas tengan la claridad, la autonomía y el criterio necesarios para decidir bien?

Porque cuando una cultura madura, el objetivo no debería ser que todos esperen la decisión correcta del líder, sino que puedan reconocerla y tomarla por sí mismos.

El eje que atraviesa ambos movimientos es el mismo: pasar de un liderazgo cuya capacidad de movilización depende en buena medida de la presencia del líder, a uno que amplía esa capacidad a través del sistema que construye. Ya no se trata solo de inspirar, cohesionar o motivar de cerca, sino de potenciar el ecosistema, generar condiciones y distribuir criterio.

No son cinco competencias que simplemente fueron reemplazadas por tres. Es un cambio más profundo: cambia el lugar donde reside la capacidad de decisión. El liderazgo deja de medirse únicamente por lo que un líder logra movilizar directamente y empieza a expresarse también en lo que consigue habilitar en otros.

Es, en el fondo, la misma idea que resume Natalia Biasin, Directora de Cultura y Talento Puntos Colombia en el webinar, al explicar por qué decidieron mover ambas piezas a la vez:

“Una cultura que no se reta a sí misma deja de representar a la compañía que dice defender.”

Por qué esto no basta con comunicación interna Aquí es donde el caso aporta algo más que un dato de gestión: plantea una advertencia sobre cómo se transforma realmente una cultura.

Puntos Colombia no dejó esta evolución en el terreno del discurso. La sostuvo sobre seis palancas operativas —liderazgo, procesos de talento, comunicación interna, procesos ágiles, gestión de la innovación y reconocimiento— dentro de un ciclo constante de seguimiento y escucha.

El diseño responde a una brecha que toda área de Gestión Humana necesita considerar: los indicadores de Ambiente Laboral permiten comprender cómo las personas están experimentando la cultura, pero no necesariamente muestran por sí solos cómo esa cultura está operando como criterio en las decisiones cotidianas.

Son dimensiones relacionadas, pero no equivalentes. Y la diferencia puede pasar inadvertida precisamente cuando los indicadores son buenos. Una organización puede tener una percepción muy positiva de su cultura y, al mismo tiempo, conservar prácticas de liderazgo o formas de decidir que corresponden a una etapa anterior del negocio.

Si el cambio está en la manera de decidir, tiene que instalarse en los espacios donde las decisiones realmente ocurren: en la selección de personas, la evaluación, el reconocimiento, los procesos de trabajo, la innovación y, por supuesto, en la manera en que los líderes ejercen su rol.

La comunicación puede explicar una cultura. Pero difícilmente puede hacer que esa cultura opere por sí sola.

El valor del caso

El valor del caso de Puntos Colombia no está simplemente en que tuviera buenos resultados. Eso puede resumirse fácilmente en una diapositiva. Lo relevante es lo que hicieron con ellos: se preguntaron si esos resultados seguían siendo evidencia de una cultura adecuada para las exigencias del negocio o si estaban describiendo, con precisión, una etapa que la organización ya había superado. Esa diferencia cambia la conversación.

Si quieres explorar cómo fortalecer tu cultura organizacional y evaluar si está alineada con las necesidades actuales de tu negocio, contáctanos para conocer nuestras soluciones y valoraciones.

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